Conocí a Gustavo en el colegio, cuando comenzaba a adoptar gestos como a saludar con la mano, un beso en la mejilla y otras formalidades que te hacen sentir grande a los 12 años. A ambos nos gustaba dibujar, y teníamos poco entusiamo por los deportes o la banda de la escuela, razón suficiente para comenzar a "juntarse", callejear, ir a los videojuegos, y después el intercambiar música. Recuerdo lo ordenado que guardaba sus CD's de Metállica, Soundgarden y demás. Yo era un desastre, desordenado, inconsciente. Impuntual.
Cambiamos de colegio, pero continuamos juntándonos para hablar de música, en caminatas de dias neblinosos. O calurosos, con chicharras y las juntas de asfalto derritiéndose. Entre los cerros de Quilpué y Viña. Aprendía a tocar sacando la guitarra de la oficina de la escuela. Con otras prestadas también, comprando cancioneros penca con la mitad de los acordes malos, y atosigando a un compañero que iba al conservatorio para que me compartiera un par de los ejercicios que le daban. Improvisabamos baterías, intercambiamos compilaciones y albums piratas. Buenos tiempos. Dejé el colegio por un par de años y el contacto se hizo más vago. Me dediqué a trabajar poco después. Lugares de comida rápida, restaurantes. Trabajos mal pagados en una de las regiones con más alto desempleo. Pero de tanto en tanto tomaba buses a cualquier parte y me pasaba el día vagando en lugares que no conocía. Tenderse cerca de la costa, el sol de mediodía cegador, la tranquilidad sin obligaciones ni certezas.
O perderse en la biblioteca de Viña por la tarde. Segundo piso, sol por la ventana, buen libro y vistal al parque. Un lujo.

Pasa el tiempo y ya estamos en la universidad. Las prioridades ya eran otras.
Un par de veces, G. me invitó a integrarme en los proyectos musicales en los que estaba. La primera fue un desastre. Era un grupito de cuatro personas más o menos. Llegué con mi guitarra a una casa en algún cerro de Valparaíso. Fue un error claro, habría sido más acertado juntarnos antes a conversar y conocernos un poco, ver de que iba la cosa y como podía aportar. Pero éramos igual de torpes socialmente. Así que me senté incómodamente en una habitación donde el clima no era de bienvenida precisamente. Entendí que en realidad le estaban haciendo un favor a G, quien me propuso para sumar a la banda. Pero al tipo que la llevaba no le parecía necesario, estaba claro. Cuando sugirió que podía quizás tocar la harmónica, tomé mis cosas y me fuí. Igual no me gustaba lo que tocaban.
La segunda vez fue mi culpa. Era una banda que hacía 'covers' de Faith No More y alguna otra cosa más. Ensayamos un poco, todo bien. Pero a última hora, para una presentación en vivo en un local, me eché atrás y no fui. Debía estudiar para un exámen que había olvidado, en un curso que no me estaba yendo bien. Así que los dejé en la estacada. Salieron muy bien librados si, según me contaron después (era más cómodo creerlo además). Las cosas se enfriaron, previsiblemente. No preguntaron casi nada de lo que estudié en el examen.


Aún así entre meses (años incluso), siempre volvímamos a retomar contacto. Cuando nos juntábamos a tocar en casa de sus padres, mayormente improvisaciones, era innegable el 'groove'. Que G. lo reconociera siempre me animaba. En este punto, mi actitud hacia la música y el arte en general, era algo romántico tal vez. Seguía considerándolo de vital importancia, pero no bajo la concepción usual, es decir, la idea de que para ser considerado pintor, músico o escritor, debes ganarte la vida con ello, o al menos tener cierto grado de fama. Eso era algo que descartaba por completo. Finalmente la obra existe sea que la contemplen dos personas o cinco millones. Cualquier aspecto con que quieras vestirla o rodearla son artificios prescindibles. En buena medida, sigo pensando igual. Suena bonito además.

Los años de cuarentenas y restricciones me dejaron exhausto. No vale la pena extenderse sobre eso, no creo que a nadie le hicieran bien. A mi me hicieron particularmente mal. Sin duda fue un factor cuando comenzamos a publicar material bajo el nombre de 'Astra Express'. Era buscar hacerle sentido a lo que ocurria y a toda la historia detrás. En una palabra; agotador. Pero gratificante.

Y ahora sigo con lo nuevo, que es viejo también. El tiempo se acerca más a una deriva elíptica cuando vagas y inventas y creas. Todo esto no es más que un suspiro. Pero se aprende.